Raíces Cristianas de Europa – Don Antonio Ventura Díaz Díaz

Don Antonio VenturaRaíces Cristianas de Europa
25 de abril de 2013
Aula de Cultura de Caja de Extremadura
(Sala Clavellinas)

“Hay que despertar a Europa de esta muerte pasiva. Desde hace tiempo, Europa no sabe dónde encontrarse a sí misma y añadía: De aquí en adelante, la primera vocación de Europa es hacer que no estalle La Tercera Guerra Mundial.”


(Enmanuel Mounier-1947)

Antonio Ventura Díaz Díaz
Director
Fundación Academia Europea de Yuste
 
Quiero, en primer lugar, agradecer a la Delegación Diocesana de Fe y Cultura y a Ricardo Palancar y D. Francisco Pizarro la organización de este acto y agradecerles muy especialmente la deferencia de invitarme a pronunciar esta ponencia sobre las Raíces Cristinas de Europa. Una temática de profunda actualidad en este ambiente de pesimismo y de crisis económica y financiera que sufrimos y que propicia una deriva hacia el euroescepticismo de muchos ciudadanos.

En este momento especialmente crítico del proyecto europeo es bueno, es positivo reflexionar sobre la Unión Europea que surgió como un proyecto de paz y solidaridad entre países que históricamente habían vivido entre constantes tensiones políticas, económicas, incluso violentas. En el origen de aquel sueño de una Europa Unida, pacífica y próspera, que hoy es una realidad, aunque con muchos elementos de incertidumbre, incluso de desesperanza, estaban presentes entre otros, los grandes valores del humanismo cristiano. Los padres de Europa, responsables del impulso inicial de la aventura europea, entre otros, fueron tres hombres, los tres católicos: Robert Schuman de la Alsacia, unas veces alemana y otras francesa, Konrad Adenauer, de Alemania y Alcide de Gasperi, nacido en Trieste que sabía de las guerras entre Italia y Austria, y esos hombres, junto a otros muchos como Jean Monet, francés y Salvador de Madariaga español  son los que establecieron las bases de la construcción europea.

Todos ellos apoyaron su proyecto en lo que siempre ha sido el destino de Europa, que es su capacidad de trascender hacia un humanismo que hunde sus raíces en fenómenos de larga e intensa duración, que conforman las raíces cristianas, históricas y culturales de Europa.

Sin duda, uno de los debates más apasionantes durante las negociaciones del texto que pretendía el desarrollo de una futura Constitución de la Unión Europea, giró en torno a la introducción explícita del término raíces cristianas en la futura Constitución de la Unión Europea, que para muchos fue un tema fundamental, no sólo para el futuro de los ciudadanos de Europa, sino para el modo de entender qué concepto de ciudadanía europea estamos utilizando.

Finalmente, la introducción explícita del término «raíces cristianas» no tuvo lugar en el texto que fue aprobado para ser sometido a la valoración de los Estados miembros y los ciudadanos. Como todos sabemos, dicho texto preparado minuciosamente por la Convención Europea finalmente no fue aprobado y tras duras y arduas negociaciones, e importantes cambios en el mismo, empezando por la propia denominación como «Constitución de la Unión Europea», se convirtió en lo que hoy conocemos como Tratado de Lisboa.
 
En cualquier caso, el debate sigue abierto, más ahora que nunca, acompañados de la crisis económica y financiera, agravado con una crisis sobre la identidad Europea, que azota a Europa y hace tambalear los pilares fundamentales de este proyecto de Paz y Solidaridad que se ha construido en apenas 60 años con el esfuerzo de todos los Europeos. Es precisamente en tiempos de crisis cuando los valores fundamentales en los que se basa un proyecto como este comienzan a tambalearse y corren el riesgo de desaparecer como muchos ya vaticinan…son por ejemplo preocupantes las recientes palabras del Presidente del Parlamento Europeo Martin Schuzl, cuando decía ante la prensa el pasado día 20 que «El proyecto europeo está amenazado».

No necesitamos recordar nuestro pasado, o vaticinar, cual es la alternativa a la Unión Europea, pues venimos de dos terribles, cruentas y sangrientas Guerras Mundiales que dejaron en Europa millones de muertos, desde soldados a víctimas civiles, niños, mujeres, mayores y personas discapacitadas (todos ellos grupos indefensos ante la barbarie de la guerra, incluidos los jóvenes soldados, muchos de ellos entre los 16 y 19 años que eran enviados como corderos al matadero en un sin sentido de decisiones de sus gobernantes. El cementerio alemán de Yuste es un mal ejemplo de ello, al igual que lo son los muchos camposantos militares ingleses, franceses o americanos en la Baja Normandía francesa, por no hablar de los millones de personas que fueron simplemente exterminadas a capricho de una de las mayores lacras que ha azotado a la humanidad, que servían de excusa y cauce para una limpieza étnica, bárbara y cruel y de «depuración humana» sin sentido ni justificación. Del Holocausto la humanidad entera se avergüenza.

En los tiempos actuales se ha escrito mucha literatura sobre el tema y son muchos los artículos de opinión publicados en la prensa y que corren por internet, intentando desgranar que es lo que Europa significa para sus ciudadanos y qué papel desempeñan las creencias religiosas cuando nos definimos como ciudadanos europeos, y es aquí donde entra el debate sobre pensar en el pasado, reconociendo nuestras raíces, o pensar más en el futuro, en el que queremos vivir juntos, buscando objetivos comunes. Hablamos por lo tanto de integrar en nuestro pensamiento un término fundamental, que afortunadamente está vigente en el proceso de construcción europea. Ese término es la «Memoria de Europa», sobre el que la Fundación Academia Europea de Yuste lleva trabajando desde su constitución en 1992.

Fue precisamente el Holocausto lo que a partir de los años 80 originó una corriente de la Memoria que dio lugar a otras investigaciones sobre el pasado, con la finalidad de que se reconozcan los errores cometidos por grupos humanos en relación con sus contemporáneos. Los actos de reconocimiento, de arrepentimiento y de reparación que se plantearon desde entonces, así como aquellos que están aún por realizar, suscitan un debate amplio e intenso. Este debate, que en ningún caso puede olvidar que la memoria está habitualmente oculta, trata entre otras cosas de la relación que existe entre el recuerdo, la memoria y la historia. Asimismo, la construcción, de la memoria debe por lo tanto estimular un mejor conocimiento de la Historia, pero al mismo tiempo se plantea la cuestión de si sirve para dividir o para reconciliar.

Las raíces de Europa, dan el verdadero sentido del concepto «Europa histórica «, tal y como nos señala el profesor Méndiz: «Hoy tenemos todos el reto de aceptar sin ambages que el contexto histórico en el que nace y se desarrolla ese ideal de unidad y ese sentimiento de pertenecer a una misma cultura fue un contexto cristiano». Repasando la historia, nos desgrana que no hay mucho margen a la ambigüedad, destacando que el cristianismo es el único elemento unificador de países con recorridos históricos tan distintos. El Imperio Romano o la Grecia Clásica son patrimonio común de Europa. Con más fuerza de los países mediterráneos. Otras naciones como Irlanda, Alemania, Dinamarca, Austria, Suecia, Hungría, Chequia, Finlandia, y no digamos los nuevos países del este europeo, tienen que ver menos con esas raíces mediterráneas. Estamos ante el hecho objetivo de que el cristianismo ha sido el elemento histórico unificador de países tan diversos. Incluso países como Polonia, Hungría o Suecia, le deben a su conversión al cristianismo -allá por el año mil-, su incorporación a la civilización europea, a la que hasta entonces habían permanecido ajenos.
 
El acontecimiento que marcó el nacimiento de Europa fue sin duda la coronación de Carlomagno como emperador por el Papa León III en la Navidad del año 800, bajo el nombre de «Imperio de Cristo», para pasar a llamarse al poco tiempo «Europa». Es decir, el mismo término de «Europa» nació como una denominación cristiana y, desde ahí, pasó a designar un territorio geográfico. Los monjes benedictinos fueron los que se encargaron de extender este ideal de Carlomagno de «europeidad cristiana» en los siglos IX, X, y XI; hasta que en el siglo XII florecieron por toda Europa las bellas catedrales, las ferias mercantiles, las primeras universidades, el humanismo articulado en torno al latín, la recuperación del derecho romano, las traducciones del corpus aristotélico, los tratados de ciencia árabe, la escolástica, etc. En este mismo tiempo fue el abad de Saint Pierre el que apelaba en sus escritos al despertar de la conciencia europea, quien escribió un ensayo sobre el proyecto de una confederación europea llamado La Paz Perpetua.

Esta unidad espiritual y cultural de Europa se rompería con el desarrollo del llamado «Renacimiento», con el que surgirían los estados-nación. Será entonces cuando las lenguas vernáculas sustituyan al latín y surjan las fronteras, con las consiguientes guerras entre naciones. La trágica división de Europa en protestantes y católicos complicó todavía más las cosas. Europa se desangraría en una infinidad de guerras, hasta que la paz de Westfalia (1648) terminase por marcar el fin definitivo de una posible Europa unida. Antes debíamos considerar la Utopía Cristiana de Tomás Moro, un hombre consagrado al conocimiento de las cosas eternas y trascedentes y el cultivo de la filosofía humanista cristiana como desarrollo intelectual y espiritual de los ciudadanos.

Si seguimos al Prof. Moratalla, nos señala que el de las raíces cristianas: «No puede ser un discurso nostálgico, apologético o integrista, como si los cristianos fueran un grupo de ciudadanos que piensan más en el pasado que en el futuro. El mensaje cristiano es Buena Noticia para los europeos, los americanos, los chinos y… todos los pueblos. Se trata de una Buena Nueva Universal. Apelar a las raíces cristianas de Europa es recordar que Europa es un conjunto de pueblos abiertos al mundo, no encerrados en sí mismos». Añade además que » El Dios de las raíces cristianas no es sólo el Dios del poder. Es también el Dios del perdón, la misericordia y la justicia. Europa no puede olvidar las guerras de religión, pero tampoco que gran parte de los sistemas de protección social que emergen en la Europa de la modernidad están relacionados con grupos de creyentes conmocionados ante las injusticias sociales.

Podemos señalar infinidad de personajes que destacan en hacer realidad el humanismo cristiano en su más alta expresión: Desde Bartolomé de las Casas. San Vicente de Paul, San Benito, San Juan Bosco, Francisco de Vitoria y toda la Escuela de Salamanca. Precisamente, tenemos el orgullo y la posibilidad de añadir, entre otros muchos, tres grandes extremeños como son: Pedro de Valencia, El Brocense o Benito Arias Montano.

En palabras de Benedicto XVI, las raíces cristianas de Europa son una evidencia histórica e inspiran a Europa, y en diferentes mensajes realizados a lo largo de su mandato señala que Europa tiene que volver a encontrar sus raíces Cristianas, considerando que es clave para el futuro de Europa tener en cuenta las raíces cristianas en la cultura occidental. La cultura actual tiende a reconocer la religión como algo privado, sin relevancia en la vida social. Esta tendencia deja de lado y no considera el hecho de que el conjunto de los valores que son el fundamento de la Sociedad Europea provienen del evangelio: El sentido de la dignidad de la persona, el sentido de la solidaridad, del trabajo, de la familia. En definitiva lo que está pasando en realidad es que se está constatando una amnesia muy peligrosa, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza.

Y al mismo tiempo quedamos desarmados intelectualmente ante una humanidad que se enfrenta hoy a retos inmensos que ponen en riesgo la vida, la libertad, la convivencia y la supervivencia misma de millones de seres humanos. Y el motivo es que carecemos en Europa, de una “razón común” y de una “motivación determinante” que nos permita afrontarlos. Vivimos una globalización de facto, pero no de iure. Por eso, hemos de repensar la relación entre ética, polis y cosmos para adecuarlas a las condiciones de una sociedad europea acomplejada, en un mundo global cada vez más complejo, interdependiente e incierto.

Precisamente, un pueblo sin memoria histórica es un pueblo perdido y sin una identidad clara. La falta de raíces y el rechazo a la escatología cristiana nos empobrece hasta límites insospechados. Para significar algo en el mundo, Europa y los europeos tienen que aceptarse a sí mismos tal como han sido y son, críticamente, pero sin complejos
 
Benedicto XVI ha afirmado en varias ocasiones y en diferentes eventos que pensar que Europa no tiene raíces cristianas es contrario a la verdad, advirtiendo contra la tendencia laicista que está de moda en Europa, que en su opinión equivale a pretender que un hombre pueda vivir sin valores. Según él no hay que tener miedo a  reivindicar con determinación el respeto de la propia historia y la propia identidad religiosa y cultural, ya que la búsqueda de la verdad y la libertad van unidas. «La fe cristiana del pasado ha tenido un papel decisivo al plasmar la herencia espiritual y cultural de este continente».

Si miramos a la historia, podemos afirmar que la cultura europea surge del encuentro de Jerusalén, Atenas y Roma, del encuentro entre la fe en Dios de Israel, la filosofía racional de los griegos y el derecho romano, y como señalaba Benedicto XVI «Ignorar esto o considerarlo simplemente como parte del pasado sería una amputación de nuestra cultura».

De la misma manera, Juan Pablo II defendía que estas raíces, «son capaces de asegurar a los ciudadanos del continente una identidad que no sea efímera o que no se base simplemente en intereses políticos-económicos, sino en valores profundos que no perecen». Y en numerosas ocasiones manifestó ante los diferentes embajadores europeos en el Vaticano, al presentar sus credenciales que: “Los fundamentos éticos y los ideales que constituyeron la base de los esfuerzos para la unidad europea son hoy más necesarios que nunca, si se quiere ofrecer una estabilidad al perfil institucional de la Unión Europea”, pidiendo que se “siga recordando la extraordinaria herencia cristiana, cultural y civil que ha dado grandeza a Europa a través de los siglos”.

Las tradiciones culturales y religiosas son fundamentales para entender el pasado, el presente y el futuro de Europa. En ellas hay elementos religiosos de los que no podemos prescindir. Conocer la cultura europea es también conocer los universos simbólicos con los que se han producido las expresiones artísticas o las manifestaciones culturales. Reconocerse dentro de una Europa con raíces cristianas no significa aceptar incondicionalmente el legado cultural europeo, más bien significa aceptarlo utilizando la razón, el conocimiento y la capacidad crítica. Renunciar a las raíces significaría renunciar a un modo concreto de entender la primacía de la dimensión espiritual del ser humano.

El alemán Kart Rahner, uno de los teólogos católicos más importantes del siglo XX y cuya teología influyó en el Concilio Vaticano II nos dice: «Ha pasado la época en la que un hombre podía creer que lo auténtico de su existencia, lo humano, lo auténticamente personal puede vivirse y realizarse en una intimidad que nada tiene que ver con la dura vida de cada día, con la sociedad del hombre. Incluso la sociedad más profana, conservada a través de medios de poder, no puede prescindir de una base ‘ideológica’ de concepción del mundo». Pues bien, si eliminamos totalmente lo cristiano de la base «ideológica» de nuestra sociedad, estamos destruyendo esa misma base, que fundamenta la entidad y proyección de todo lo demás.

Por otro lado, la racionalidad y la aversión a la tiranía, tan arraigadas en la Grecia clásica, forman parte del legado histórico que los europeos hemos recibido de nuestros antepasados. La historia está llena de luces y sombras, pero en la herencia que nos ha dejado hay logros para el bienestar y la tranquilidad de todo ser humano, hasta prescindir de lo que no es justo ni razonable. Uno de esos logros es el respeto a la libertad de toda mujer y todo hombre para forjar sus propias convicciones, vivir de acuerdo con ellas, y proponer abierta y confiadamente lo que piensa que es bueno también para los demás. Siempre, como es lógico, que ese tenor de vida y el modo de exponer las propias ideas sea pacífico y respetuoso para con todos, también con quienes no las comparten.

Es cierto que la UE es un espacio de paz y diálogo y las raíces cristianas comunes de los países europeos, que en definitiva forman parte de la Memoria de Europa, pueden reforzar la vocación del continente al diálogo entre pueblos y al desarrollo de los ciudadanos. Por encima de los errores humanos, pues en veinte siglos ha habido de todo, la aportación cultural y humanitaria del cristianismo para la construcción de Europa es innegable. El valor de la tolerancia, del diálogo, de la apertura a la transcendencia deben continuar a inspirar a Europa, ya que son en definitiva valores que todos defendemos, y si Europa sabe conservar sus raíces y su Memoria será capaz de convertirse en un referente de desarrollo de los ciudadanos, tanto en lo personal como en lo espiritual, y no sólo a nivel territorial, sino mundial, como referente que ayude a equilibrar las desigualdades cada vez mayores en el mundo.
 
En esta misma línea, podemos afirmar que el progreso en el reconocimiento de la dignidad de toda persona, la libertad, la justicia o la solidaridad han tenido sus raíces en el mensaje cristiano, percibiendo que la búsqueda de la verdad, tan propia del cristianismo, ha sido motor de arranque para la investigación científica y el desarrollo técnico. Asimismo para advertir que la aportación cristiana a la transmisión de la cultura y a la difusión de la educación general para todos, ha sido factor determinante para el progreso de Europa. Se trata de hechos sociales e históricos  objetivos y comprobables.

Permítanme esta digresión: Precisamente, el pasado día 23, día de San Jorge se entrega por los Príncipes de Asturias el Premio Cervantes a Manuel Caballero Bonald, quien en su discurso hacía hincapié en lo siguiente: “Puedo aventurar algunas pistas sobre la motivación para la lectura de la literatura y también para mi vocación literaria. Tengo muy presente, por ejemplo, que en el Colegio de los Marianistas de Jerez, cuando yo cursaba el cuarto o quinto curso de bachillerato, tuve un profesor culto y afectuoso, que me facilitó una especie de florilegio hecho por él de las más llamativas aventuras de Don Quijote. Algo inesperado se filtró en mi capacidad receptiva. No fue una lección prematura, fue simplemente una conmoción insospechada. Aún puedo revivir las emociones que me transfirieron esas precisas andanzas de Don Quijote. Conservo la constancia placentera de haber descubierto un mundo fascinante. Entendí entonces que un libro te habla, pero también te escucha. Tal vez pudo ser ese el punto de partida de mis iniciales tentativas literarias en el Colegio de los Marianistas de Jerez.

En este mismo discurso, añadía Caballero Bonald: “La poesía, es esa emoción verbal, esas palabras que van más allá de de sus propios límites expresivos y abren o entornan los pasadizos que conducen a la iluminación, a esas profundas “cavernas del sentido”, a las que se refería San Juan de la Cruz.

En mi opinión, el debate sobre las raíces cristianas de Europa debe ser un debate sin pretensiones de protagonismo, respetuoso y constructivo, a la vez que paciente y ejemplar, acorde con sus principios de diálogo, igualdad, tolerancia, humildad y respeto, ganándose la confianza a través de los hechos y la persistencia, compartiendo lo mejor de sus fundamentos con el otro, y los otros, no tratando de imponer, sino de convencer y compartir, y dejando de lado la insolencia o la arrogancia, que no comulgan con los valores que el cristianismo defiende. De esta manera, tanto las instituciones europeas, como los ciudadanos europeos tienen que saber darle al cristianismo el papel que se merece en la Unión Europea.

Intentemos definir elementos de concreción para poder acotar de manera más sencilla y didáctica las raíces de Europa, cruzando los elementos que definen los fenómenos que hunden sus raíces en Europa. De esta manera podemos señalar las más representativas: la organización política de nuestra convivencia, es decir lo que llamamos el Estado Social y Democrático de Derecho. Fue inventado por los europeos entre el S XVI y XVIII, mejorando modelos anteriores fundamentados en los imperios y el absolutismo.

Asimismo el estado europeo actual fundado en los valores de libertad, de igualdad, de justicia y de pluralismo, legitimados por el sistema democrático. La universidad es otra raíz importante de Europa, que existía ya en forma de escuelas en el Medievo. Y raíz profunda de Europa son los descubrimientos colonizadores. Empezaron con los fenicios y los helenos, a partir del S IV A.de C. Lo continuaron los germanos para extenderse al resto de potencias europeas.

Raíz principal de Europa es la filosofía en la Atenas del S. V A de C., proceso que ha continuado desde entonces y ha producido obras admirables generación tras generación. En literatura, desde la Ilíada o la Odisea, a Séneca y Cicerón, la Patrística y la Escolástica, el Humanismo, el Renacimiento, el Siglo de las Luces, el Romanticismo, la Jurisprudencia, las Bellas Artes.

Pero como dice el Prof. Jáuregui y el Prof. Oreja Aguirre: “Hay una raíz más poderosa, la raíz cristiana. La raíz cristiana ha sido y sigue siendo la raíz histórico-cultural principal de Europa. La dimensión cristiana de Europa fue y es el motor espiritual de empresas y valores, que se revelan en todas las manifestaciones. Este cristianismo medular de Europa se palpa, se vive y se siente en nombres, símbolos, semántica, toponimia correspondiente a aldeas, calles, barrios, pueblos, que se extienden por todos los continentes, muy especialmente en América, tanto del Norte como del Sur: San Diego, San Francisco, Santa Fe, Puebla de los Ángeles. El sentimiento y la vivencia cristiana recorren la poesía, el teatro, la novela, en Dante, en Manrique, en Milton, en Lope de Vega, Calderón, las óperas Wagner, la narrativa de Chesterton.

Ese latir cristiano penetra y se hace sublime en la pintura y escultura europeas, que ha representado de mil maneras a Cristo, a María, a los Apóstoles, dos buenos ejemplos tenemos en Extremadura, entre otros muchos, la Sacristía de Guadalupe de Zurbarán y la Gloria de Tiziano en Yuste y alcanza la excelencia en la música: Son infinidad los compositores que han creado partituras con una dimensión genial y espiritual a través de Palestrina, Bach, Schubert o Mozart.

Fue Juan Pablo II, en Compostela el que decía: “La identidad europea es incomprensible sin el cristianismo porque en él se hayan aquellas raíces comunes de las que ha madurado la civilización del Continente”. Yo me atrevo a añadir: ¿Qué hubiera ocurrido en Polonia, sin el resorte profundo del cristianismo? Añado una pregunta arriesgada y controvertida y tal vez muy comprometida: ¿Sin el referente del cristianismo hubiera sido posible la caída del Muro de Berlín? A mi modo de ver no. Fue el cristianismo latente de los países del Este, el que en un momento determinado afloró lo suficiente para sensibilizar a los ciudadanos, pues la felicidad y la autoestima solo se podían conseguir con la plena y libre realización de sus sentimientos y creencias cristianas. De ahí el compromiso y de ahí la fuerza imparable de toda una sociedad que estaba a la espera de que se abriera una espita para lanzarse  a la conquista de la libertad. Esa espita la abrió Gorbachov y la supo gestionar adecuadamente Helmut Kohl, dos personajes protagonistas en Yuste hace unos años.

Nos encontramos con dilemas que tienen que dar respuesta a la crisis global que vive en la actualidad Europa: el relato que llevamos contándonos desde hace más de cinco años empieza a producir fatiga, indiferencia o hartazgo, porque dura demasiado. Y empieza a surgir la funesta sospecha de que nunca llegaremos al final. En los momentos más difíciles del devenir de los pueblos tenemos que encontrar una salida que abra el horizonte de los ciudadanos, un agarradero que anime y no de forma fatua la esperanza, porque sin ella no se puede vivir. La crisis económica angustia a millones de personas que consideraban que la Unión Europea, el sueño de una Europa unida les preservaba del destino caprichoso del mercado y que el Euro era un seguro igualitario en el Mercado Común de los países que lo integraban. Pero las tormentas financieras han configurado un mapa mundial de una incertidumbre tan grave que nadie se siente seguro en su propio territorio.

Los que seguimos creyendo y alentando una Europa unida que busque un destino común en el Orden Universal y una forma de convivencia integradora no vivimos los mejores tiempos.

Por eso,  es más necesario que nunca defender la identidad de la Unión Europea, que debemos fijarla partiendo de dos ideas: De valores compartidos que arrancaron del cristianismo y de la voluntad de querer vivir juntos en el presente y en el futuro.

Hemos necesitado mil años, centenares de guerras, pactos, un sin número de dinastías, repúblicas, constituciones para articular la Europa que conocemos. Ahora se trata de compartir valores y se trata de la voluntad de vivir juntos.

En esta línea de análisis nos encontramos con el dilema de Turquía, la integración de Turquía en la Unión Europea. ¿Qué podemos responder cuando ciertos grupos islámicos afirman que los derechos humanos son solo el resultado peculiar y no universalizable de la cultura occidental y que ellos mediante la vía democrática intentan llegar a formas de política, a valores contrarios a los que rigen hoy en Europa?

¿Entre los valores propios europeos está el laicismo? Hay muchos que afirman que el laicismo es algo típicamente europeo que es algo que nos distingue de EE.UU. o del Islam. Si laicismo significa borrar lo religioso, no podemos estar de acuerdo, en cuanto que lo religioso debe estar también en el espacio público no solo en el espacio privado y en ese sentido afecta a la realidad personal de la dignidad humana. En cambio el concepto de laicidad defiende el respeto entre Iglesia y Estado fundamentado en la autonomía de cada parte.

Como dice el Cardenal Carlo María Martini Arzobispo de Milán en Cartas con Umberto Eco: “Se cimenta esta dignidad en el hecho de que todos los seres humanos están abiertos a algo más elevado, más grande que ellos mismos. No podemos ignorar que los valores cristianos nacen de la libertad y en la libertad invitan a ciertas formas de existencia, respetando la conciencia y las expresiones de otras formas de pensar. El cristianismo reconoce y apoya lo que son logros definitivos de la conciencia histórica occidental, la libertad del individuo, el reconocimiento de los derechos humanos, el dialogo entre fe y cultura, entre fe y ciencia, entre religión y política, sociedad e Iglesia y en definitiva entre cristianismo y democracia, tolerancia y pluralismo que debemos exigir en el ámbito de cualquier religión.

Los valores cristianos son fruto de la libertad y nacen de la decisión de cada sujeto personal. La iglesia católica manifestó en el Concilio Vaticano II su postura sobre la libertad, la religiosa y las demás y se expresaba de esta manera: reconocer las raíces cristinas es reconocer los hechos, no imponerlos. Es ignorancia o insolencia confundir ambos planos y decir que con ello se quiere transferir a los demás la identidad europea.

El cristianismo, dice Olegario González de Cardedal no son solo viejas raíces hundidas en la tierra, invisibles. Son realidades presentes, vivas, son como árboles recios, con ramas anchas, frutos vivos y visibles que son en definitiva las instituciones, personas, comunidades que afirman con humildad y con coraje su identidad.

Fue Benedicto XVI el que denunció un nuevo totalitarismo y sectarismo con pretendido rostro humano, advirtiendo que allí donde el hombre quiere convertirse en el único objeto del mundo, ignorando los valores cristianos, no puede existir la justicia y solo domina el arbitrio del poder y de los intereses más primarios.

La proyección y entidad de Europa en el mundo se encarna en grandes personajes que fueron protagonistas de la propia historia de Europa. De igual forma, nos podemos referir al conjunto de España, considerando el humanismo cristiano como elemento esencial de la misma entidad y proyección que cuando nos referimos a Europa. Su riqueza de contenidos es tan grande, es tan enorme que no cabe en el espacio de una ponencia. Este mismo fenómeno histórico, cultural y religioso aparece con gran dignidad cuando hablamos de las raíces cristianas de Extremadura y de la entidad y proyección de sus grandes personajes en este ámbito, en el que me detendré.

Fue Pablo VI el que proclamó a San Benito, patrón de Europa por haber sido el protagonista de la ordenación de la Europa Cristiana y de su unidad espiritual. Los monasterios benedictinos configuraron la unidad de Europa, desde las costas mediterráneas a la península escandinava, desde Irlanda hasta Polonia.

Pero, si debemos acotar esta reflexión referida al ámbito español, quisiera utilizar una cita entresacada del texto que escribió el Cardenal Tarancón en el acto que tuvo lugar en la Iglesia de los Jerónimos con motivo de la llegada al Trono de España del Rey Juan Carlos. Con ello quiero subrayar la importancia de las raíces cristianas de España y la importancia que tiene su consideración y respeto para el devenir histórico, la unidad e integración de España. “Pido para Vos, Señor, un amor entrañable y apasionado a España. Pido que seáis el Rey de todos los españoles, de todos los que se sienten hijos de la Madre Patria, de todos cuantos desean convivir sin privilegios ni distinciones, en el mutuo respeto y amor. Amor que, como nos enseñó el Concilio, debe extenderse a quienes piensen de manera distinta de la nuestra, pues nos urge la obligación de hacernos prójimos de todo hombre. Pido también, Señor, que si en este amor hay algunos privilegiados, estos sean los que más lo necesitan: Los pobres, los ignorantes, los despreciados, aquellos a quien nadie parece amar.”
 
Para completar estas reflexiones, quiero apelar a la primavera que vive actualmente la iglesia católica y poder situar en ese contexto adecuadamente el protagonismo, la dignidad, la autoestima y el respeto y consideración que merece Extremadura o las raíces cristianas de Extremadura y su gran proyección europea e iberoamericana. La figura del Papa Francisco viene a poner en primera página la importancia de Iberoamérica, todo un continente con el que se cruza de manera determinante la historia de Extremadura y por extensión la historia de España. Iberoamérica, la región del mundo donde viven más católicos ha celebrado como un acontecimiento histórico la elección de un Papa argentino e iberoamericano. Lideres y autoridades religiosas de todos los países han destacado la procedencia del nuevo Pontífice, así como su pertenencia a la Compañía de Jesús, que ha dejado honda huella en todo el continente. Tuve el honor de realizar un encuentro aquí en Cáceres con Ignacio Ellacuría meses antes de ser asesinado en el Salvador.

También estamos comprometidos con la entidad y proyección de Extremadura como Marca en el resto del mundo. Tenemos muchos recursos por explotar y nunca se ha hecho, hasta superar el concepto de: “Extremadura, la imagen como problema”.

Así relataba un periodista sobre la figura del Papa: “un Papa que sonríe, que da las buenas tardes, que hace una broma apenas unos minutos después de recibir sobre sus hombros el peso entero de una Iglesia lastimada, que pide la bendición antes de darla, que es Jesuita como tantos otros que consiguieron hacer caminar de la mano la fe y el conocimiento, que se montaba en el transporte público para visitar a enfermos y pobres, un Papa que hace ocho años pudo serlo y dijo que pase de mí este cáliz, un Papa que viene del nuevo mundo y que elige el sencillo nombre de Francisco es una oportunidad a la esperanza.”

“Me parece que mis hermanos cardenales han ido a encontrarme casi al fin del mundo. Pero estoy aquí y os agradezco la acogida”

Comenzamos un nuevo camino en este tiempo de primavera y de explosión de verdor y esperanza de los campos de nuestra tierra. Hace cuatro años, en octubre de 2009, el Cardenal Bergoglio alzó la voz con dureza para criticar a los políticos argentinos y también a la sociedad argentina por no impedir el aumento de la pobreza una pobreza que definió como inmoral, injusta e ilegitima, impropia de un país con mucha riqueza.

Y también decía: los derechos humanos se violan no solo por el terrorismo, la represión y los asesinatos, sino también por estructuras económicas injustas que origina grandes desigualdades.

Desde Extremadura, en este tiempo nuevo, con el Papa Francisco, apelamos a una empresa que surgió en un convento extremeño de Belvis de Monroy, una empresa difícil que llevaron a cabo los doce apóstoles franciscanos para evangelizar la región de México en el año 1524 y quienes siguiendo su vocación predicaron el Evangelio con pobreza y humildad, con alegría, con amor desinteresado y pleno, hasta la pérdida de la propia vida. Los doce apóstoles de México sin la dura arrogancia de los primeros conquistadores se ganaron el afecto y la confianza de los indios. Fueron todo un ejemplo que nos anima a la consideración de que la Iglesia, por los valores que fundamentan todo su sentido en el ejercicio del amor cristiano no puede caer en pleno Siglo XXI, en menosprecio y agravio al pueblo extremeño.

Apelamos al Monasterio de Yuste, habitado principalmente por la Orden de San Jerónimo, quienes -en palabras del actual Señor Obispo de Plasencia-: “La vida ordinaria y sencilla, quizás por el prestigio de Santidad de quienes vivían entre estos hermosos parajes veratos se vio de pronto sorprendida por un hecho histórico que en nada modificó la verdad y la esencia del Monasterio”. Un acontecimiento que tiene alguna similitud con lo que en estos días estamos viviendo en la Iglesia, puso los ojos del mundo sobre este lugar. Uno de los más grandes señores de la Tierra, Carlos V quizás el más poderoso, en un gesto de lucidez humana y espiritual, buscó el refugio que necesitaba para prepararse a bien morir, tras una vida azarosa, transcurrida como la de todo ser humano entre la gracia y los errores. Quiso vivir en Yuste, a la vera misma del Monasterio, al que unió su morada por el Templo, es decir, por el Señor, al que vino a adorar como un pobre peregrino. Sin embargo, muy pronto le llegó su última hora, que esperó con la mirada fija en una hermosa y profunda lección de teología y espiritualidad plasmada en la Gloria de Tiziano.

Apelamos a la propia historia de Extremadura, a su entidad y proyección, a su enorme importancia para poder ejercer el papel de rompeolas de la unidad de España: Hace tan solo unos años se cumplía el V Centenario de una efeméride que une radicalmente en la historia a Extremadura y Cataluña. El grito de libertad de los payeses de Remensa catalanes, se oyó en los valles de las Villuercas extremeñas en donde Fernando el Católico firmó “la sentencia arbitral de Guadalupe”, en el Monasterio de Santa María de Guadalupe.
 
Una de las mayores novedades de la reorganización de Cataluña fue la solución del problema agrario quedando resueltas las relaciones entre los campesinos y sus señores, problema que había trastornado el campo catalán durante un centenar de años. Los payeses de Remensa, hasta entonces sujetos a la tierra, se vieron libres y los seis malos usos exigidos por los señores fueron abolidos. “La sentencia arbitral de Guadalupe” se convirtió durante siglos en el código rural de Cataluña pudiendo concluir que en Extremadura se produjo legalmente la ruptura definitiva de Cataluña con el sistema feudal.

Apelamos también a la historia de Extremadura que enriquece la historia de España y también de Europa. Llega ahora el momento de reivindicar otro de nuestros grandes valores intangibles, pero que sirve como recurso determinante para el diseño de compromisos con nuestras raíces cristianas, valorizando aquellos personajes que dejaron su particular huella en la historia de Extremadura y desde Extremadura en España y en toda Europa. Ahora,  nos referimos al rey don Fernando El Católico, del que el próximo 23 de enero de 2016 se cumplirá el quinientos aniversario de su muerte en Madrigalejo. Poner en valor esta efeméride, será poner en valor la historia y la cultura extremeña y la vinculación de nuestra tierra con los grandes episodios y personajes de la historia de España y de Europa.

Apelamos al compromiso al que nos invita el Papa Francisco. Extremadura puede dar mucho más, para seguir enriqueciendo la historia, el presente y el futuro de España y de Europa: San Pedro de Alcántara o la pasión por la pobreza. El Padre Leocadio, los doce apóstoles de Belvís de Monroy, el párroco de Entrerríos, toda una secuencia de vidas y compromiso con los pobres. Y, sin embargo, la pobreza, dentro de la sociedad que vivimos y gozamos y sufrimos es una palabra maldita, estigmatizada. La pobreza es una lacra, la pobreza es una calamidad que nos acompaña de manera irremediable. La sociedad demanda bienestar, riqueza, lujo y disfrute. Así se expresaba José Julian Barriga Bravo, un periodista extremeño de gran prestigio, en una magnífica conferencia sobre el Padre Leocadio y la Pasión por la Pobreza y además añadía: “Asimismo, esta sociedad admira y rinde culto a los triunfadores, abomina de los pobres, o, a lo más los compadece. Y sin embargo ¿ a que de debe que personas como la Madre Teresa de Calcuta hayan pasado a ser símbolos universales de los valores más humanos?¿Porque el ejercicio de remediar la pobreza sigue cosechando la atención, el respeto y el aprecio de la sociedad que lucha, contradictoriamente, por conseguir riqueza?¿Cuantos héroes anónimos, de la raza de Pedro de Alcántara, del Padre Leocadio o de teresa de Calcuta, viven y combaten la pobreza, en el el más completo anonimato, en África o en los barrios marginales o en los campos de refugiados?”

Estas reflexiones que nos invitan a proporcionar contextos históricos, cristianos y culturales donde sea fácil reconocer quienes hemos sido y quienes somos los extremeños y de forma particular a donde vamos, nos hacen llegar a Santa María de Guadalupe que fue, es y será faro y guía para una gran mayoría de extremeños, al mismo tiempo el Real Monasterio de Guadalupe seguirá siendo un referente principalísimo de riqueza patrimonial, histórica, de identidad y cultura para todos los ciudadanos de esta región.

En este ambiente y en este compromiso al que nos invita el Papa Francisco, el franciscanismo al que nos invita Santa María de Guadalupe desde su monasterio franciscano,  no es solo un modo de relacionarse con Dios y de interpretar la relación de Dios con el hombre y con el mundo. Es además un modo de vivir y de interpretar las relaciones del hombre con el hombre y del hombre con su entorno y su cultura.

Con estos sólidos sentimientos, argumentos, experiencias, compromisos y premisas que se fundamentan en ellos, desde mi humilde y modesta posición del último de los ciudadanos extremeños y desde mi modesta posición del último de los cristianos, que desea todo lo mejor para los postulados y razones pastorales de la Iglesia de España y de Extremadura, junto a miles de extremeños, esperamos del Vaticano, por razones de autoestima, necesaria para vivir con dignidad, un gesto de desprendimiento, de generosidad, de respeto y de esplendidez con el pueblo extremeño, que se sintió fortalecido y reconocido con la constitución de la Archidiócesis Extremeña y hoy pone toda su esperanza en completar su plena integración, identidad y vertebración territorial, que permita hacer realidad la dependencia de Guadalupe de una Diócesis Extremeña, con pleno respeto a todas las partes, y en la seguridad de que, desde esa esperanza de realidad, propiciaremos aún más que el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe pueda seguir siendo un enclave monumental de arte, de cultura, de historia y de fe, de la que siempre será faro y guía no solo para Extremadura, sino para toda España, para Iberoamérica y para toda la Humanidad.
 
Quiero terminar con dos citas, una del Señor Obispo de Coria-Cáceres, D. Francisco Cerro, ante una pregunta de un periodista, en fechas recientes: “¿Goza la Iglesia católica de buena salud?. Vivimos en una situación de crisis que afecta a todo y que también lo hace a la Iglesia, porque no está al margen de sus sufrimientos y de sus esperanzas. El diagnóstico podía ser sencillamente que goza de buena salud, porque trata de hacer frente a las dificultades, siempre, como nos ha dicho el Papa, con una profunda humildad, reconociendo todo el diagnóstico que haya que reconocer. Pero, la buena salud muchas veces es saber afrontar y dar solución a los problemas y la Iglesia trata de dar soluciones a los problemas que se encuentra cada día”. Y añadía con respecto a la llegada del Papa Francisco: “Espero que sea el Papa providencial que Dios tiene destinado para la Iglesia y para la historia.”

La otra es de Jacques Delors, Expresidente de la Comisión Europea e Intelectual católico francés, además de líder social demócrata: “La unión de los países europeos es para alguno de nosotros la condición de supervivencia. No cedamos al desaliento, no nos encerremos en la postura elitista de los que tienen razón, pero no han sido comprendidos. Continuemos la lucha y sobre todo aclarémosla con fuerza y sin complacencia: La unión de los países europeos es para alguno de nosotros la condición de superviviencia.

Gracias por su atención y espero que estas reflexiones les ayuden a enriquecer su visión de las raíces cristianas de Europa.

Gracias.

Raíces Cristianas de Europa – Don Antonio Ventura Díaz Díaz
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